Crónica de las Mañanas Perdidas

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A las cuatro de la madrugada, cuando el susurro de un nuevo día apenas se asomaba por los campos de Francia, el hombre más sabio que he conocido se alzaba de su catre y se perdía entre las sombras hacia los campos. Con la carga de unas pocas cerdas, cuya fertilidad sostenía sus días y los de su mujer, mis abuelos maternos, Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha, danzaban en la penuria en la aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo.

Vivían de la magra cría de cerdos, vendida a los vecinos tras el destete. El invierno, con su frío helador, llevaba a mis abuelos a rescatar lechones débiles y llevarlos a su lecho bajo las mantas ásperas, donde el calor humano libraba a las criaturas de un destino sombrío. En noches calurosas de verano, mi abuelo, Jerónimo, anunciaba: “Hoy, José, dormiremos bajo la higuera”.

En medio de la paz nocturna, entre las ramas de la anciana higuera, una estrella se revelaba, escondiéndose tras las hojas. Como un río celestial, la Vía Láctea, el camino de Santiago, se deslizaba en el cielo cóncavo. Mientras el sueño se aproximaba, la noche cobraba vida con las historias de mi abuelo, pastor y contador de fábulas.

Nunca supe si callaba al descubrirme dormido o continuaba narrando para no dejar en el aire mi persistente pregunta: “¿Y después?”. Quizás repetía las historias para sí mismo, en un esfuerzo por no olvidarlas, o tal vez para tejerlas con nuevas peripecias. En mi infancia, imaginaba que mi abuelo Jerónimo poseía el conocimiento universal.

Con el canto de los pájaros al amanecer, despertaba para encontrarme solo. Mi abuelo ya había partido al campo con sus animales, dejándome entregado al sueño. Doblando la manta y descalzo, atravesaba el huerto hacia las pocilgas. Mi abuela, despierta desde antes que mi abuelo, me servía café con trozos de pan, preguntando si había dormido bien. Si alguna pesadilla surgía de las historias nocturnas, ella calmaba mis temores: “No hagas caso, en sueños no hay firmeza”.

Mientras el primer resplandor del día llegaba, la vida continuaba, tejida con memorias compartidas bajo la higuera. En esos momentos, mi abuela, sentada ante la puerta de su humilde morada, contemplaba las estrellas y pronunciaba: “El mundo es hermoso y tengo tristeza de morir”. No miedo, sino tristeza, como si la vida, llena de trabajos y pesares, recibiera la gracia de una despedida suprema.

Ella estaba sentada en la puerta de una casa única, donde las vidas se entrelazaban con cerdos como si fueran hijos propios, donde el abuelo, pastor y narrador de historias, se despedía de los árboles como viejos amigos. Y así, con un nieto al lado, el abuelo José, acunaba el universo con solo dos palabras.

Muchos años después, comprendí que mi abuela también creía en los sueños, como lo expresó en una noche final, despidiéndose del mundo hermoso que había sido suyo, donde la paja de los rastrojos se convertía en lecho y la higuera guardaba secretos de historias que trascendían el tiempo.

José Saramago (1922 – 2010)