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Los terremotos de Colombia y Venezuela vuelven a poner la mirada sobre República Dominicana

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El terremoto de magnitud 7.4 que sacudió Colombia este lunes y la actividad sísmica registrada recientemente en Venezuela recuerdan una realidad que en República Dominicana solemos olvidar: vivimos sobre una de las zonas tectónicas más activas del Caribe y han transcurrido 80 años desde el gran terremoto que devastó parte del nordeste dominicano en 1946.

Los terremotos no avisan. Tampoco existe actualmente un método científico capaz de establecer el día, la hora y el lugar exactos en que ocurrirá el próximo gran sismo. Pero la imposibilidad de predecirlos no significa que el peligro pueda ignorarse, especialmente en países asentados sobre sistemas de fallas tectónicas activas.

El recordatorio más reciente llegó este lunes 10 de agosto desde Colombia. Un potente terremoto de magnitud 7.4, con epicentro en las proximidades de San José del Palmar, Chocó, estremeció amplias zonas del país y sus efectos fueron percibidos también en naciones vecinas. El movimiento fue suficientemente fuerte para sentirse en distintas regiones de Venezuela. (Univision⁠)

Venezuela, además, había registrado días antes actividad propia. La Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, Funvisis, reportó un movimiento de magnitud 4.2 con epicentro próximo a Aroa, en el estado Yaracuy. (El Nacional⁠)

Los fenómenos de Colombia y Venezuela no significan que se esté produciendo una especie de reacción en cadena que necesariamente terminará afectando a República Dominicana. Las fallas y los sistemas tectónicos involucrados son diferentes y científicamente sería incorrecto afirmar que un terremoto colombiano o venezolano anuncia uno dominicano.

Pero sí sirven como advertencia.

República Dominicana tiene sus propias razones para preocuparse

No necesitamos mirar hacia Colombia o Venezuela para descubrir nuestra vulnerabilidad sísmica.

La isla Hispaniola se encuentra precisamente en una compleja zona de interacción entre las placas tectónicas del Caribe y Norteamérica. En territorio dominicano y sus proximidades existen estructuras capaces de producir terremotos importantes, entre ellas el sistema de la Falla Septentrional al norte y el sistema Enriquillo–Plantain Garden hacia el sur de la isla.

Estudios del Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS, han identificado a la Falla Septentrional como una fuente potencial de grandes terremotos en República Dominicana. Investigaciones paleosísmicas han encontrado evidencias de largos períodos de acumulación de deformación en diferentes segmentos de ese sistema. (USGS⁠)

La historia demuestra que no estamos hablando de posibilidades puramente teóricas.

El 4 de agosto de 1946 ocurrió frente a la costa nordeste de República Dominicana uno de los mayores terremotos registrados en la historia del Caribe. El gigantesco movimiento provocó además un tsunami que afectó especialmente la zona de Matancitas, Nagua, y otras comunidades de la costa norte.

Han pasado exactamente 80 años.

Ese dato resulta inevitablemente inquietante, pero necesita explicarse correctamente.

¿Ochenta años sin un gran terremoto significa que estamos más cerca?

Aquí es donde debemos separar la ciencia del alarmismo.

Un terremoto no funciona como un reloj. No podemos decir que porque han transcurrido 80 años desde 1946 necesariamente estamos próximos a otro evento similar.

Puede ocurrir mañana, dentro de diez años o dentro de muchas décadas.

Nadie lo sabe.

Lo que sí sabemos es que las placas tectónicas continúan desplazándose y acumulando esfuerzos. Por eso los científicos trabajan con conceptos como amenaza sísmica y probabilidades de largo plazo, no con fechas exactas.

La preocupación dominicana, además, no procede simplemente de contar los años desde 1946.

Investigadores del USGS han estudiado durante décadas la actividad histórica de Hispaniola y consideran que tanto el sistema Septentrional como el sistema Enriquillo representan fuentes importantes de amenaza sísmica para la isla. Un estudio sobre Enriquillo concluyó que tanto Haití como República Dominicana deben prepararse para futuros terremotos destructivos. (USGS⁠)

Hay otro elemento que acaba de devolver el tema al debate nacional.

El Instituto Tecnológico de Santo Domingo, INTEC, advirtió en julio de este mismo año sobre el significativo riesgo sísmico dominicano y la necesidad de fortalecer la seguridad estructural, supervisión de las construcciones, preparación ciudadana y mecanismos de protección financiera. (Instituto Tecnologico de Santo Domingo⁠)

La coincidencia histórica resulta impresionante: esa advertencia se produce justamente cuando se cumplen ocho décadas del terremoto de 1946.

El peligro no es solamente que ocurra un terremoto

Hay una frase utilizada frecuentemente por los especialistas que resume perfectamente el problema: los terremotos no matan; las estructuras que colapsan son las que matan.

Ahí probablemente se encuentra la discusión más importante para República Dominicana.

El país de 2026 no se parece remotamente al de 1946.

Tenemos una población mucho mayor, grandes concentraciones urbanas, edificios de varios niveles, elevados, túneles, hospitales, centros comerciales, escuelas, hoteles y una enorme infraestructura turística levantada durante las últimas décadas.

Santo Domingo, Santiago, San Francisco de Macorís, Puerto Plata, Nagua, Higüey, Bávaro y Punta Cana concentran hoy cantidades de personas e infraestructura inimaginables hace 80 años.

Por eso la pregunta importante quizás no sea cuándo llegará el próximo gran terremoto.

La pregunta correcta es qué ocurriría si llegara esta noche.

¿Resistirían nuestras edificaciones?

¿Se ha aplicado correctamente la normativa sísmica en todas las construcciones?

¿Están preparados los hospitales?

¿Funcionarán las comunicaciones?

¿Saben las familias qué hacer durante los primeros segundos?

¿Tenemos identificadas las edificaciones antiguas o vulnerables?

¿Están preparadas nuestras ciudades para operar durante varios días sin determinados servicios básicos?

Esas preguntas sí podemos responderlas antes de que ocurra un terremoto.

Nagua sigue siendo nuestra gran advertencia histórica

Para los dominicanos, hablar del terremoto de 1946 significa inevitablemente hablar de Nagua.

El evento y el posterior tsunami dejaron una profunda huella en la región nordeste y demostraron que nuestro riesgo no se limita exclusivamente al movimiento de las edificaciones. Determinados terremotos submarinos pueden producir también tsunamis, algo especialmente relevante para un país rodeado por el mar y con buena parte de su actividad económica concentrada precisamente en las costas.

La actividad sísmica regional tampoco ha desaparecido durante estas ocho décadas.

En febrero de 2025, por ejemplo, un terremoto de magnitud 5.9 ocurrió aproximadamente 100 kilómetros al norte-noreste de Punta Cana y fue percibido tanto en República Dominicana como en Puerto Rico. No produjo daños importantes ni generó alerta de tsunami, pero recordó nuevamente que debajo y alrededor de nuestra isla las placas siguen moviéndose. (AP News⁠)

Incluso durante 2026 se han registrado movimientos en la región dominicana.

Son acontecimientos normales dentro de una zona tectónicamente activa y no deben interpretarse automáticamente como precursores de un terremoto mayor.

Colombia no anuncia un terremoto dominicano

Este punto merece insistencia.

El terremoto colombiano de este lunes no permite afirmar que ahora aumentó inmediatamente la probabilidad de un gran terremoto en República Dominicana.

Tampoco los movimientos recientes de Venezuela constituyen una señal de que las fallas dominicanas estén a punto de romperse.

Relacionarlos de esa manera sería científicamente irresponsable.

La verdadera conexión entre Colombia, Venezuela y República Dominicana es otra: los tres países forman parte de una región geológicamente activa y sus poblaciones deben convivir con el riesgo sísmico.

La diferencia está en cuánto se preparan para enfrentarlo.

Ochenta años después, el peor error sería sentirnos seguros

Paradójicamente, mientras más tiempo transcurre sin una catástrofe, más fácilmente una sociedad comienza a olvidar que puede ocurrir.

Una generación completa de dominicanos nació, creció y envejeció sin experimentar un terremoto comparable con el de 1946.

Eso crea una peligrosa sensación de normalidad.

Pero las fallas geológicas no conocen generaciones humanas, períodos presidenciales ni calendarios.

Su tiempo se mide en décadas, siglos y milenios.

La Falla Septentrional continúa ahí.

El sistema de Enriquillo continúa ahí.

La interacción entre las placas del Caribe y Norteamérica continúa ahí.

Y la historia geológica demuestra que Hispaniola ha producido terremotos destructivos en numerosas ocasiones. Investigaciones del USGS han identificado eventos importantes ocurridos en 1701, 1751, 1770, 1842 y durante el siglo XX, además del devastador terremoto haitiano de 2010. (USGS⁠)

Por eso quizás el mensaje que dejan Colombia y Venezuela para República Dominicana no debe ser de miedo.

Debe ser de memoria.

El terremoto colombiano de este lunes terminará desapareciendo de los titulares. Los temblores venezolanos también serán sustituidos por otras noticias.

Las fallas dominicanas, sin embargo, permanecerán exactamente donde están.

Han transcurrido 80 años desde 1946.

No sabemos cuándo llegará el próximo gran terremoto y cualquiera que pretenda ofrecer una fecha estaría especulando.

Pero sí sabemos algo con suficiente certeza: República Dominicana volverá a sufrir grandes terremotos en algún momento de su futuro.

La geología y nuestra propia historia así lo indican.

La verdadera incógnita no es si podemos impedirlo, porque no podemos.

La verdadera pregunta es mucho más sencilla:

¿Nos encontrará preparados?

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