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HAITÍ ENTRE BUQUES Y URNAS

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Por Fernando Placeres, M.Sc.

Haití vuelve a colocarse en el centro del tablero geopolítico regional. En pocos días, dos hechos aparentemente distintos han terminado por entrelazarse de manera decisiva uno la asunción de Alix Didier Fils-Aimé como primer ministro interino y otro la llegada de tres buques de guerra de Estados Unidos a aguas haitianas.

La llegada de unidades navales estadounidenses no puede interpretarse como un simple movimiento de rutina. En un país sin elecciones desde 2016, con instituciones fracturadas y con amplias zonas controladas por bandas armadas, la presencia militar extranjera actúa como un marco de contención política y no resuelve el problema haitiano, pero delimita hasta dónde puede escalar.

En ese contexto, la figura de Alix Didier Fils-Aimé adquiere protagonismo inédito. Su llegada al cargo no es producto de un mandato popular, sino de una transición agotada que terminó por colapsar. Sin embargo, hoy encarna algo que Haití no ha tenido en años… un punto de referencia institucional reconocible para la comunidad internacional.

El despliegue naval refuerza simbólicamente al gobierno interino, enviando una señal tanto hacia dentro como hacia fuera. Hacia dentro, indica que no hay espacio inmediato para aventuras políticas ni rupturas abruptas del frágil orden existente. Hacia fuera, confirma que Estados Unidos y sus aliados prefieren una estabilidad mínima controlada antes que un vacío de poder absoluto.

Este respaldo, sin embargo, tiene un costo. La política interna haitiana entra en una fase de congelamiento estratégico. La oposición tradicional pierde margen de maniobra visible; las disputas se trasladan del espacio público a negociaciones discretas. Las bandas armadas, por su parte, reciben un mensaje disuasivo más logístico que militar pues ahora el mar, las rutas y el financiamiento estarán más vigilados, aunque el problema en tierra siga intacto.

La presencia internacional compra tiempo, pero no crea legitimidad democrática. Ese tiempo está directamente vinculado al calendario que la comunidad internacional exige para unas elecciones generales creíbles, con condiciones mínimas de seguridad, registro electoral y administración institucional. No hay fechas definitivas aún, pero sí una presión creciente para que el proceso se inicie en un horizonte cercano, no indefinido.

El riesgo es conocido. Cada vez que Haití entra en un ciclo de “estabilización provisional”, las elecciones tienden a posponerse en nombre de la seguridad. Y cada postergación erosiona aún más la confianza ciudadana. Gobernar sin votos puede ser funcional en emergencias, pero se vuelve insostenible como norma.

Alix Didier Fils-Aimé enfrenta, por tanto, una situación compleja. Por un lado, debe mostrar capacidad de control y gestión en un país fragmentado. Por otro, debe evitar que su gobierno quede atrapado en la comodidad del interinato prolongado. La comunidad internacional no pide milagros más bien exige señales como una hoja de ruta electoral, acuerdos mínimos, avances verificables.

Los buques en el horizonte no están ahí para gobernar Haití. Están ahí para evitar que se desborde. El verdadero desafío ocurre en tierra firme, en los próximos meses, cuando el gobierno interino tenga que demostrar si ese tiempo ganado se convierte en transición real o en otro capítulo de espera infinita.

En Haití, el reloj político siempre corre más rápido de lo que parece. Y esta vez, el mundo está mirando el calendario.

Fernando Placeres, M.Sc

Comunicador, director de medios y consultor en marketing digital

@fernandoplaceres

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