Redes sociales y criminología mediática

Redes sociales y criminología mediática

“Hay muchas cosas que no me encajan.” “¡Estoy en shock!”

Con estas frases, machaconas y suspicaces, reaccionaban artistas, comunicadores y personalidades del espectáculo, al enterarse de que Jorge Luis Estrella Arias, de 36 años, aparecía como sospechoso y autor principal del asalto a una sucursal del Banco Popular, en una concurrida avenida del Distrito Nacional. El joven, además de modelo, actor y estrella de OnlyFans, figuraba como instructor de armas en una empresa privada.

Para ellos, impactados por la noticia, el prototipo del presunto cabecilla “no encajaba” con la socarronería del asalto bancario, vulgarmente riesgoso, repudiable. Sin embargo, los artistas no fueron los únicos sorprendidos por la acción donde también participaron Eddy Manuel Arias Segura (primo), Richard Michell Estrella Arias (hermano) y Johan Eduardo Belliard Aybar, los dos últimos abatidos en dudosos “intercambios de disparos” con la Policía Nacional.

Dentro de la inflada madeja de opiniones, el suceso desató, recogida en redes sociales, una cadena de respuestas que iban desde el recelo bochornoso hasta la justificación grosera; desde lo cómico y ramplón hasta lo degradante. Tras la estela de versiones fantasiosas, como erupción volcánica, brotaron las formas estereotipadas de la realidad social, reconstruida bajo el prisma de nuestras emociones primarias y creencias particulares. La sociedad posee y responde a patrones estereotipados de delincuentes ordinarios, abocetados por el lenguaje criminológico convencional, con alta dosis de punición sistémica, dureza policíaca y crispada alarma social.

Pero estos jóvenes no parecían empujados por las privaciones materiales y la pobreza; su perfil probable, en ciencias conductuales y criminológicas, encuadra dentro de los llamados “delitos aspiracionales”. Pretensiones y metas de una movilidad social obsequiosa, ostentatoria, prohijada por otros valores culturales, tutelados dentro del globalismo consumista e incitados, conforme al filósofo Éric Sadin (2023), por la “sacralización de las redes sociales”, la pantallización de la existencia” y el imperio del individualismo narcisista…

Las conjeturas sobre el problema criminal rebasan las opiniones artísticas, personales. Reflejan una manifestación general que se anuda al tejido enmarañado de esa comunicación que Barata (2006) y Zaffaroni (2015) denominan criminología mediática. Cultura extendida, estrategia de criminalización terciaria, nacida con el delito y la criminología moderna, afianzadora de la selectividad que dispone el aparato penal y, por repetidos pareceres, la configuración del imaginario social que parte de los condicionamientos convencionales, amplificados en la desviación social. Existe una ineludible selectividad de los medios, que igual operan, paralelamente, junto a la selectividad histórica con la que evolucionó la estructura social y el sistema punitivo.

Somos sujetos simbólicos, actuamos conforme a los mismos significados y representaciones que atribuimos a lo percibido como realidad. Con asignaciones proyectadas de nuestro mundo y contexto, íntimamente ligadas a los medios y manera de vivir y ver la vida. Símbolos y significantes comparten un elemento común, el lenguaje. Portador y materia prima de los significados habituales que nos impone compartir la misma construcción mental de los fenómenos sociales determinados.

Para el genio Ludwig Wittgenstein, de esa conexión isomórfica entre lenguaje y mundo surge la facultad principal de aquél para hacer figurar el entorno. Niklas Luhmann apoya esta visión, asignándole capacidad propia y poder específico en el proceso de resignificación que posibilita la construcción social de lo real.

Los medios de comunicación, más que nunca, proyectan y juegan un rol penetrante en la construcción social de los estereotipos (criminales o no) y en la demarcación de la cuestión delictual. El escenario mediático, pues, difumina y esparce, en su tratamiento dramatizado, subjetivo y banalizado del delito, la sobrerrepresentación de los hechos y los estereotipos distribuidos. Tanto puede asumir la demonización total como la exculpación privilegiada, con arreglo a los parámetros subyacentes de quien se trate, por las características baladíes de la subjetividad y la identificación sentimental.

La expansión comunicacional, gracias a la tecnología y al utillaje fenomenal de redes y plataformas, reitera una experiencia mucho más abarcadora, tendente a la visualización y viralización desproporcionadas, apelando a los sentimientos ciudadanos y, por idéntica vía, a la lógica productiva de la infoesfera.

Para el común de los ciudadanos, la etiqueta “delincuente” corresponde a una facha social predeterminada, estandarizada, que deviene siempre de los mismos orígenes y tipologías causales. Con el positivista italiano Cesare Lombroso y su obra “El hombre delincuente” (1876), nació la empresa de comunicación etiquetadora, los estereotipos criminales y las marcas distintivas de los desviados que, actualmente, con andamiaje global, reinserta la criminología mediática.

Por Ricardo Nieves

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