POR LA SENDA DE LOS FLAMBOYANES.-
Venía de un tiempo donde las aceras de la ciudad me ofrecían más ruido que descanso. Allí, el presente se escapaba entre bocinas ansiosas, asaltos de tránsito y la prisa convertida en hábito. El cemento lapidario y duro hacía difícil recordar que bajo toda superficie late todavía la tierra. Entre esa rutina áspera, encontrar la armonía que todos buscamos resultaba casi utópico.-
Por una invitación conocí la punta occidental de la isla. Fue entonces cuando me interné en la calle central interior de Punta Cana, la que se abre desde la rotonda del aeropuerto y se adentra como un corredor natural.
Bastó avanzar unos metros para que el aire cambiara. Los flamboyanes estallaban en colores de fuego, hermosos, sonriendo, desplegando sus ramas como antorchas encendiendo el día. Entre ellos, aves ligeras surcaban el cielo —garzas, tórtolas, carpinteros— …dibujaban la música que la ciudad me había negado. El ruido de motores quedaba atrás, sustituido por un murmullo de hojas y trinos.
A cada lado, los residenciales se mostraban discretos: Tortuga Bay, Corales, Hacienda. Más allá de sus portones, lo que se imponía no era la arquitectura, sino la comunión con la naturaleza. Jardines, palmas erguidas, espacios que parecían diseñados para recordarle al hombre su vínculo con la calma. Una mano invisible había dispuesto todo y aunque escondida humilde se mostraba al mundo a través de cada vereda, giros y pajones de la sorprendente jardinería.
Pasé el campo de golf La Cana que se abría como un horizonte nuevo en un verde trabajado con precisión extendido hasta abrazar el mar. Me robó el “hoyo 18” con su imponente y a la vez serena Casa Club, frente a un Atlántico que dictaba su propio compás. Allí uno como que siente que cada golpe de bola, cada caminata entre fairways, era menos un deporte que un ritual de contemplación. El mar no urgía: enseñaba a detenerse.
Más adelante, un rancho inesperado me ofreció la nobleza de los caballos. Sus cuerpos tensos y brillantes se movían con una gracia que desmentía toda idea de fuerza bruta. Había en ellos quietud, paciencia, sabiduría de siglos. El roce de sus crines, el brillo de sus ojos, transmitían un lenguaje sin palabras como diciendo la paz no se conquista, se comparte.
El camino desembocó en la Reserva Ojos Indígenas. Entre ceibas, caobas y tortugas los charcos subterráneos aguardaban como espejos de otra dimensión. Me sumergí en sus aguas claras y frías, y cada pez que rozaba mi piel era un recordatorio de que el tiempo puede detenerse. La frescura no solo rejuvenecía el cuerpo, también liberaba el alma de la urgencia. Allí, bajo la superficie, se conoce que el presente no se encuentra en relojes ni calendarios, sino en esa sensación irrepetible de estar vivo en un solo segundo.
Un edificio protegido por árboles recibía con un mensaje: “Fundación Grupo Puntacana” y completaba la travesía dejando un segundo mensaje: la belleza también exige cuidado. Manglares rescatados, especies preservadas, manos que trabajan para que este paraíso siga siendo “la sucursal del cielo”. Porque lo eterno, ahora lo sabemos, no se hereda: se preserva cada día con actos concretos.
Al salir, mientras el sol encendía aún más los framboyanes, sentía que el viaje no había sido solo geográfico. Era un tránsito interior: del ruido al silencio, de la prisa a la pausa, del miedo a la seguridad de estar aquí y ahora.
Punta Cana no me ofrecía solo paisajes…me entregaba la posibilidad de reconciliarme con el presente. Y en ese instante final, cuando una hoja roja cayó lentamente sobre el asfalto y quedó quieta a mis pies, lo supe con claridad: el paraíso no estaba en el destino, sino en la forma de mirar. El presente —ese segundo vivo— era la verdadera revelación. Decidí quedarme. Aún soy.
Todo es exactamente así, tienes razón.
Ok
Si, él está bien. Discreto y sencillo como siempre
Un poco repetitivo
No, esa es la otra acera