Por Fernando Placeres

El presidente argentino Javier Milei decidió no viajar a la final del Mundial entre Argentina y España. La razón, según se ha informado, no tiene que ver con política, seguridad ni protocolo. Tiene que ver con una cábala.

Milei prefiere ver el partido desde la residencia presidencial y mantener una rutina que, en su imaginario, ha acompañado el recorrido exitoso de la selección.

Puede parecer una anécdota menor, pero en el deporte estas cosas pesan mucho más de lo que se admite.

Hay jugadores que entran al terreno con el mismo pie. Otros usan determinadas medias, repiten una comida, se sientan en el mismo lugar o se niegan a cambiar una prenda durante una racha ganadora. También hay fanáticos que convierten el sofá, la camiseta o hasta el orden de los tragos en parte del partido.

En Argentina, antes de grandes encuentros, se repiten historias de camisetas sin lavar, menús idénticos, lugares fijos frente al televisor y rutinas que nadie se atreve a alterar.

Carlos Bilardo, símbolo de una época del fútbol argentino, llevó muchas de esas costumbres al extremo. En el Mundial de México 1986, incluso una canción terminó asociada con la buena suerte del equipo campeón.

En el béisbol ocurre lo mismo. Un bateador puede repetir exactamente una secuencia antes de entrar al cajón. Un lanzador acomoda la gorra de una manera precisa. Si algo funciona, se repite. Y si vuelve a funcionar, ya no parece casualidad.

En el golf pasa también. Hay jugadores que usan siempre la misma moneda para marcar la bola, el mismo guante o siguen una rutina casi religiosa antes de ejecutar un golpe.

No todo es superstición. Muchas rutinas sirven para concentrarse. Ayudan a ordenar la mente, controlar los nervios y entrar en competencia. El problema comienza cuando el deportista siente que sin ese ritual no puede ganar.

La cábala no necesariamente cambia el resultado. Lo que cambia es la sensación de quien espera el resultado.

En un deporte donde un rebote, un error, un penal, un swing o una pelota desviada pueden decidir años de trabajo, cualquier pequeño gesto puede convertirse en refugio.

Por eso resulta tan curioso que, en una época dominada por estadísticas, tecnología y análisis, sobrevivan con tanta fuerza estos hábitos.

Hoy se mide todo. La velocidad de una pelota, la distancia recorrida, la frecuencia cardíaca, la recuperación muscular, la posesión, el ángulo de salida, el sueño y hasta el cansancio.

Y aun así, un jugador puede negarse a cambiar de medias porque ganó con ellas.

Esa mezcla entre ciencia y superstición forma parte del deporte.

Milei, esta vez, ha decidido no tentar a la suerte.

Argentina jugará una final del mundo y el presidente la verá desde donde cree que debe verla.

Si Argentina gana, la cábala quedará reforzada.

Si pierde, aparecerá otra.

Porque en el deporte casi todos terminamos creyendo, de una manera u otra, que también podemos influir desde afuera.

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